Aphex Twin, siempre anal
25 de Enero, 2006 a las 10:19 am | En Artículos |Analord puede derivar tanto de analógico como de anal. Siempre anal. Analord es el señor de los tornillos –arriba las máquinas, fuera el software–, pero también el hombre que revienta oídos y esfínteres (ergo, artísticamente, da por culo) con la electrónica más inclasificable de los últimos siglos. Analord es el nombre de la nueva serie de maxis de Richard D. James, AFX, Aphex Twin, ‘afes’,como ustedes le quieran llamar, y supone el esfuerzo más desbordado, ambicioso y contracorriente del año en materia de ritmos de baile. Parafraseando a Chenoa, cuando ellos van, él vuelve de allí, y allí es techno, acid, IDM, polirritmia y derroche analógico en tiempos de dominio digital.

Prólogo: el señor de los anales
“Analord” es el proyecto más reciente de Richard D. James. Lo ha firmado con su alias AFX y consiste en once maxis que en realidad son doce. A finales del 2004, a través de la página web del sello Rephlex, se anunció en pre-venta la salida de un nuevo vinilo titulado “Analord vol. 10” que, al precio de unas cuarenta libras y presentado en una especie de archivador serigrafiado con el logo de Aphex Twin y con fundas para acoger once maxis más, se agotó enseguida en una tirada máxima de mil copias. Posteriormente se sirvieron unas cuantas más con el añadido de regalo del maxi inédito “Analogue bubblebath 5” para quienes hicieron su pre-order y la caja nunca les llegó. Quien desee comprarlo en la actualidad deberá buscar en las subastas de internet y preparar una suma aproximada de trescientos euros, que es por lo que ya se cotiza el objeto. Su precio de venta sube cada día, y más si, una vez completada la serie, se vende el archivador con los doce discos dentro. Doce discos que, como se ha dicho antes, en realidad son once, ya que el volumen diez existe en dos formatos, en vinilo negro –la edición limitada con la caja– y en picture disc con el logo de Aphex en blanco y en negro en ambas caras del vinilo en la edición corriente. El volumen uno de Analord salió a la venta en enero de 2005, y hasta julio, a razón de dos maxis al mes, se fue editando progresivamente esta serie magna y pantagruélica de electrónica vintage y ritmos convulsos. A muchos nos ha alegrado el 2005 que no vean.
Episodio 1: la amenaza fantasma
En una de las muy raras entrevistas que concede Richard David James, siempre por email y con una desgana total en la que se regala con manifestaciones apáticas del tipo “bueno, no puedo decir que me lo esté pasando genial ahora mismo; mi expresión mientras escribo esto es totalmente rígida y fría como un zombie, en las entrevistas la gente normalmente intenta chuparte información y eso no es precisamente agradable y no se traduce en charlas interesantes; tendrás que perdonarme, hoy odio a todo el mundo y necesito una taza de café ya”, el hombre de la barba explica, resumidamente, el por qué este año, precisamente, y a través de su sello Rephlex, ha decidido inundar el mercado de novedades en vinilo con esta serie de maxis en los que, bajo su alias AFX, explora con intenciones renovadas las posibilidades de la producción analógica –esto es, con máquinas y equipo tradicional, y discriminando el uso del ordenador y los softwares modernos– en los tiempos de la implantación progresiva de la composición virtual. Dice: “hay demasiado material digital en el ambiente, y eso empezaba a hacerme daño en los oídos. Quería reequilibrar la balanza un poco”. Y tiene razón.
El anterior trabajo grande de Aphex Twin, el doble CD “Drukqs” editado en Warp en 2001, significó el paso definitivo, en cuanto a método, del sonido clásico de Richard James al mundo digital, aunque estilísticamente sólo fuera un paso más allá –ritmos chatarreros, melodías de cuna– en la línea iniciada con los EPs “Hangable auto bulb” (Warp, 95) y el “Richard D. James album” (Warp, 96). Creado en su laptop sin intervención de apoyo ‘físico’, y además perjudicado por otra de las revoluciones digitales del siglo, el intercambio de ficheros en la red –recuérdese que la edición de “Drukqs” se aceleró por un ‘supuesto’ robo (en el universo Aphex nada se puede dar como verdad absoluta) de uno de sus ordenadores con el disco duro a rebosar de temas inéditos e inacabados y ante la posibilidad de que todo eso se pudiera filtrar de algún modo en la red–, el último álbum de Aphex Twin fue un exceso que a su manera ayudó a desequilibrar esa balanza que él ahora percibe descompensada en favor de los lenguajes binarios.
En manos de cualquier otro, un proyecto tan extenso como “Analord”, que en total suma hasta cuatro horas de música, con los pequeños altibajos que tal abundancia implica, habría sido una especie de maniobra reaccionaria con formas de pataleta, una bufonada de quien se resiste al avance de la tecnología. Sin embargo, los plásticos de Aphex, de igual modo que la “Color series” de Donnacha Costello del año pasado, son una forma de decir de manera prístina y con argumentos sólidos ‘la música electrónica es mucho más que software y mis Roland 808 y 303 pueden sacar mejores sonidos que tu Ableton Live 5.0’. Asegura Aphex que antes de la publicación del primer Analord “no había ningún plan previo ni opción estética definida”, que es lo mismo que decir que en realidad le daba igual qué forma musical adoptaban sus nuevos lanzamientos mientras estuvieran en la calle. No perseguía ni una actualización del acid house –uno de los pilares clave del sonido “Analord”–, ni regresar a los ritmos de baile después de un periodo más preocupado en el ruido –recuerden las caras B de sus dos maxis en el sello Men, el que comparte con su amigo Tom ‘Squarepusher’ Jenkinson–, la vagancia y las ganas de molestar más que de complacer. Sin embargo, hay un nexo invisible entre todos los “Analord”: “los temas que escogí para la serie fueron aquellos para los que no utilicé un ordenador con una pantalla o un monitor”.
Episodio 2: el ataque de los clones
¿Qué ha ocurrido con la música digital en los últimos tres años como para que alguien tan influyente y respetado como Richard D. James decida que basta ya y se saque de la manga algo tan retro, y la vez tan moderno, como “Analord”? Desde que la informática ha progresado hasta el punto de permitir la manufactura de ordenadores con procesadores potentísimos, targetas de sonido increibles y discos duros con capacidad de hasta más de trescientos megas, el ordenador portátil, más que nunca, es el estudio. Independientemente de que luego se necesite una postproducción profesional para pulir sonido, la música electrónica actual –ya por fin también la de baile– es un proceso de creación en el éter y enclaustrada en los confines de una pantalla de dieciséis pulgadas. Por otra parte, el uso de ciertos softwares de composición –Ableton Live, Qbase, Logic, Reaktor, Reason– ha estandarizado el modo de producción y hasta cierto punto también el sonido, y eso ha derivado en una cierta clonación de técnicas –la compresión de caja, bombo y hi-hat popularizada por el hombre deseado James Holden, la desintegración líquida de Luciano y Villalobos– que ha vuelto a dar, dentro de la amplia variedad del techno actual, una sensación de escena en pleno y efervescente proceso de autocopia.
Aphex sabe lo que es sufrir el acoso caradura de los copiones. Aphex es de los que se ha roto los cuernos durante meses para crear algo nuevo y diferente y luego ha tenido que soportar cómo vienen detrás suyo decenas de parásitos dispuestos a chuparle hasta la última gota de sus ideas y descubrimientos con el agravante de que luego no reconocen de dónde proviene la inspiración. “Cuando haces algo nuevo y fresco”, razona el antaño apodado ‘Mozart del ambient’, “se pasa de moda muy rápido porque la gente tiende a copiarte, y yo soy incapaz de ir a rebufo de nadie, intento ser innovador siempre. Por eso siempre limito mucho la cantidad de música que edito, y la mayoría de lo que hago lo almaceno sólo para mí”.
No hace mucho, Richard D. James confesaba que su música favorita de todos los tiempos era la suya, que si él no hubiera nacido siendo Aphex Twin y Aphex Twin fuera otro, él sería fan de ese otro que sería él en una realidad alternativa. “Analord”, por tanto, es un ejercicio musical que, en parte, persigue la singularidad y evitar la copia con una artimaña que de momento le ha salido bien: nadie podrá copiar “Analord” porque para imitar su sonido se necesita equipo analógico –un lujo que pocos productores querrán permitirse hoy, cuando la mayoría ha vendido la mayoría de sus trastos y se han pasado al software–, y también porque los once EPs de “Analord” son tan jodidamente excéntricos e intrincados que o bien se es Aphex Twin para hacerlos o mejor se dedica uno a otra cosa.
“Analord” es también una reacción de Richard D. James contra sí mismo, una manera de forzarse a volver al ámbito raver y salvaje de sus primeros días. Independientemente de la calidad del 80% de la serie –luego hay temas sobrantes que se podría haber ahorrado, pero eso siempre le pasa, incluso en sagas precedentes firmadas con los alias AFX o Caustic Window como “Analogue bubblebath” o “Joyrex”: su incontinencia anal da paso a materia sólida pero también a diarrea amorfa–, el vínculo común entre todos los “Analord” es el de que están pensados para la pista de baile en mayor o menor medida. Volúmenes concretos como el tres, el cuatro y el once pueden caber perfectamente en la maleta de un DJ de minimal, de sonidos progresivos o de techno: la dureza de los ritmos, la calidez de las melodías, la textura gomosa de los sonidos y su capacidad lisérgica hacen que funcionen en los clubes y en conexión con material de otros géneros. Richard asiente cuando dice que este material “sirve mucho mejor para mezclar porque las estructuras son más repetitivas y no demasiado abstractas, y suena más crujiente en los clubes que la mayoría de las producciones digitales”. No acepta, sin embargo, el sentido de nostalgia ácida en la que se enmarca como una Piedra Rosetta el total de su serie “Analord”. Es cierto que el acid house ha experimentado un auge repentino en los últimos dos años, y que esta temporada se ha marcado una cúspide de presencia clubber que será más alta en un futuro breve, pero para James la cuestión es mucho más sencilla: “¿tú crees que el acid se fue alguna vez? No, nunca se fue”.
Episodio 3: la venganza de los synth
Más que nostalgia, pues, “Analord” es reafirmación en un estilo personal que, por sus propias características, ya suena ligeramente retro. Es la venganza de los sintes, las cajas de ritmos ochenteras y la TB-303 de Roland, el reencuentro con uno de los muchos Aphex Twin posibles –no hay que descartar un futuro movimiento hacia su reciente vía ruidosa, aunque él se defiende diciendo que “no pienso en algunos de mis temas como ruido, sólo música sin beats; sé que hay gente que sí opina que es ruido, pero piensan así porque son gays y tienen visiones conservadoras de cómo debería ser la música”; se rumorea que un futuro proyecto podría ser un tercer volumen de ambient titulado “Selected ambient works 20xx-20xx” en el que sólo faltaría especificar los años–, y, sobre todo, el reencuentro con un Aphex global y total, el que vuelve a reclamar preeminencia entre la elite de la electrónica mundial. Hoy, Aphex está más fuerte en las calles que nunca. De todos lados le salen homenajes, plagios y remixes, DJs de toda clase siguen atesorando sus maxis en vistas a pincharlos –recientemente, dos estrellas tan dispares como Diplo y Miss Kittin han seleccionado el archiconocido “Windowlicker” para sus respectivas sesiones editadas por Fabric y SonarMusic– y hasta aparecen bootlegs como el remix de Run Jeremy, uno de los alias de Trentemøller, para (otra vez) “Windowlicker”, reediciones piratas de su remix para Curve (“Falling free”) y hasta antologías sin permiso como “Aphex Twin – Remixes 1”, supuestamente publicada por algún bucanero de Barcelona que ha prometido pagar su parte del pastel a Rephlex y que recoge todas aquellas remezclas que no aparecieron en “26 mixes for cash” (Warp, 2003)
“Todo esto me halaga”, reconoce James. Habría que añadir la reedición en su décimo aniversario de los maxis “Hangable auto bulb” –“se editan ahora porque nunca aparecieron en CD, no es por la pasta”–, los homenajes orquestales del colectivo Alarm Will Sound de Brooklyn y tantos otros hechos de Aphexmanía reciente que vuelven a recordarnos que pasan las modas, pasan los nombres, pero siempre permanece, inexpugnable, reluciente, titánica, la figura de Aphex Twin en el horizonte para recordarnos que si alguien en este tinglado se merece la palabra de genio, es él. Siempre grande. Siempre vuestro. Siempre anal.
Mondo Aphex: ahora, por fin, todas aquellas curiosidades, rumores y cotilleos que usted, en tanto que fan de Richard D. James, siempre quiso confirmar al cien por cien y nunca tuvo la oportunidad de leer por escrito.
1. Uno de los puntos más oscuros de la ‘mitología Aphex’ es aquel referido a la fortuna personal de Richard D. James, un chico de pueblo que se construía él mismo sus propios trastos, montaba fiestas en el campo, un buen día se dirige a la gran ciudad, comienza a editar música y, chas, de la noche a la mañana le vemos montado en el dólar y sin necesidad de dar un palo al agua para el resto de su vida. ¿De dónde sale ese dinero? Cuenta la leyenda que la casa de neumáticos Pirelli le pagó una astronómica suma de billetes por la cesión, para un anuncio protagonizado por el atleta Carl Lewis, del tema “Industro garbage beats”, originalmente incluido en el cuarto maxi de la serie “Joyrex” de su alias Caustic Window. La pregunta es clara y directa: ¿cuánto? Responde Aphex, lacónicamente: “Un millón y medio de dólares”. Siempre se había dicho que era menos. Lo que sí es cierto es que en la reunión con los ejecutivos para firmar el contrato, Richard se quedó dormido en una butaca.
2. Con el dinero que ganó de Pirelli –y eso sin contar con lo que se embolsó por conceder temas a Mercedes, Orange, Compaq, Adidas y a diversas películas, indies y de Hollywood–, Richard James se compró dos cosas, aunque él afirma “que gasté un montón de tiempo metiéndome en todo tipo de negocios”, negocios que, por supuesto, no especifica. Lo primero que se financió fue un tanque en desuso del ejército británico que tiene instalado en el jardín de casa de sus padres. A la pregunta de si el tanque funciona y arranca, el dice “sí”. No confirma si es capaz de disparar torpedos, aunque una vez dejó caer que le apetecía comprarse unos cohetes. Hace unos años sí aseguró que en 1998 se regaló un bonito submarino por 40.000 dólares. No nos consta si lo guarda en una bañera gigante o también tiene propiedades en el Támesis.
3. Lo segundo que compró Aphex fue un edificio entero en el centro de Londres, un antiguo banco que él reformó en lo que hoy es su casa y también un complejo de oficinas que alquila y, en tanto que arrendatario, le suministran el sustento mensual y mucho más, como sus caprichos militares. Esa quizá es la razón por la que edita discos cuando le apetece, ha renunciado a colaborar con Björk o Madonna, rechaza remixes o los hace sólo para burlarse del remezclado –el sello de Craig David todavía no ha tenido el valor de editar uno que grabó para él hace cuatro años, más terrorista que un talibán–. Aphex hace lo que le da la gana porque puede: le sobra la pasta.
4. Entre sus burlas más célebres está la que se marcó a costa de The Lemonheads, el olvidado y anecdótico grupo indie-rock de Boston. Por alguna razón que a todo el mundo se le escapa, tanto Evan Dando como su sello pidieron un remix de Aphex Twin que, llegado el momento de la entrega, Richard se olvidó, no ya de terminar, sino de empezarlo. Aparentemente, la canción le había parecido lo menos. Con el mensajero en la puerta de su casa esperando la entrega del DAT con el remix final, lo único que se le ocurrió a Aphex fue subir al piso de arriba, buscar un tema inédito y hacerlo pasar como el remix. “Me reí un montón, porque a pesar de que el tema era una mierda y ellos nunca lo editaron, igualmente me pagaron por ello”. También afirma que muchos de sus remixes son temas originales suyos creados ‘antes’ del encargo del remix. “No podría decir de primera mano cuáles lo son porque no lo recuerdo, pero es fácil adivinarlo si los comparas con el tema original”.
5. Aphex asegura que puede recordar sus sueños, y que muchas veces son estos sueños la inspiración para parte de su música. Es más: afirma que puede controlarlos, crear una narrativa propia y consciente –como tirarse desde lo alto de un rascacielos y frenar la caída– en tanto que director de su propia película onírica. De este modo, asegura Aphex que puede componer música dormido. El álbum “Selected ambient works II” extrae su sonido alucinado y sus texturas borrosas de la traducción en música de lo que fueron en su día experiencias somníferas de un Richard D. James en la cúspide de su creatividad. ¿Su último sueño? Este es el que nos contaba en una no lejana fecha de octubre: “Mi esposa me pedía que me sentara a su lado en un restaurante”. De lo que se extrae que a) a Aphex no le ha dejado la novia como sugería Simon Reynolds cuando reseñó los maxis de ‘Analord’ en The Village Voice porque no tiene novia, sino que está casado, y b) que Aphex es un tipo que ha sentado la cabeza y que, insospechadamente, puede ser soportado por alguien del sexo opuesto sin problemas. Por cierto, su mujer está embarazada y Richard va a ser papá muy pronto. Sería el colmo que tuviera gemelos.
6. Si han reparado en los títulos de algunos de sus temas como “Windowlicker” (¿la masterpieza?) o en alias que utiliza o ha utilizado como Polygon Window –un maxi, “Quoth”, y un álbum, “Surfing on sinewaves”, editados en Warp en 1993– o Caustic Window, comenzarán a sospechar que Richard D. James tiene una obsesión muy rara con las ventanas (‘window’ es ventana en inglés, para quien no sepa idiomas). ¿A qué se debe esta obsesión? ¿Qué diantre le ocurre a Mr. Aphex con esas perforaciones en las paredes que dan hacia el exterior y permiten el paso de la luz en los edificios? Su respuesta es tan clara como enigmática. Agárrense fuerte. “Las ventanas son salidas a otros lugares”.
7. Aphex es muy freak, entre otras cosas porque no es normal. Richard D. James padece el transtorno sensorial conocido como ‘sinestesia’, que consiste en la confusión de los sentidos hasta el punto de recibir mensajes completamente mezclados, o simultáneos, con la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato. Por ejemplo, puede saborear formas geométricas o ver olores, rozar la música con su piel y escuchar colores. Se trata de una disfunción que sufre muy poca gente y que puede revertir en una sensibilidad exacerbada que estimula la creatividad o el genio y que, en algunos casos, puede derivar en una confusión total que hace la vida imposible a quien la sufre. Richard parece haberse beneficiado de lo primero. Eso sí, no todo en él es perfecto y bonito. Si alguna vez consiguen verle de cerca, fíjense en sus ojos: no es bisojo, sino gueño, una pupila le mira a Murcia y la otra a Valladolid. Igual debe ser condiquio sine qua non para confundir bonitas melodías con ritmos espasmódicos.
8. Richard no piensa afeitarse la barba. Dice que le encanta. E incluso dice más: “es muy improbable que me la afeite, como mucho me afeitaría una parte y me dejaría perilla, porque la verdad es que la piel lisa da absoluto asco. Ahhh, ¡lo odio! Además, afeitarse es un poquito homosexual”. Plas, plas, plas.
Javier Blánquez para Go Mag.
6 comentarios »
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que personaje………. músico fetiche de Chris Cunningham……… no te digo ná y te te lo digo tó
Comentario por wookie — 26 Enero, 2006 #
Éste productor me gusta especialmente y tengo discos suyos. Pero lo último de Analord, tiene algun track bastante básico… no se yo si con tanto dinero se está “acomodando”… ¿?
Comentario por kontakt — 26 Enero, 2006 #
El arti/culo impresiona !!!
besos lady newell
aphex twin hmmmm no es para tenerlo precisamente de amante o si? pero su musica ….mi dios….inolvidable
cual es tu email? asi te mando cositas que te van a gustar
mas besos lady
Comentario por lady newell — 29 Julio, 2006 #
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Comentario por Mary — 17 Septiembre, 2006 #
Un artículo muy interesante (cuánta información) y ¡¡¡muy divertido!!!, me he reído un montón. Genios… gente de otro planeta, ¿igual por eso las ventanas?
Comentario por Idoia — 18 Abril, 2007 #
Para alguien que recién empieza a oir Aphex, como yo, este artículo viene bien.
Justamente, lo primero que oí de él fue Come To Daddy…y lo oí viendo sus videoclips…
Aphez Twin tiene una forma muy bipolar de hacer música, capaz de bajarte al más terrible infierno, como subirte al cielo, o sacarte del planeta simplemente.
Creo que entre más “ruidosa” la canción, más me gusta.
Por él me interesó la música electrónica.
Comentario por cynthia — 22 Mayo, 2007 #